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Paraguay: Una golondrina no hace primavera

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Andrew Nickson

Hace unas semanas la politóloga e historiadora Milda Rivarola, una de la más destacadas científicas sociales del país, hizo una declaración sorprendente. Durante una entrevista en ocasión de su condecoración con la medalla de la Orden de las Artes y Letras del gobierno francés, declaró que tenía la certeza absoluta que la reciente derrota del Partido Colorado en Ciudad del Este “es el comienzo del fin de la hegemonía colorada”. Aunque no dio los detalles de su argumento fundamental, enfatizó lo coyuntural, o sea el ‘impacto cascada’ de la victoria de Yo Creo y la figura de su líder Miguel Prieto como posible candidato presidencial de una oposición unida en 2028. Por más que semejante desenlace sería bienvenido, al introducir la primera verdadera y duradera ‘alternancia política’ en el país desde la caída de la dictadura de Stroessner en 1989, la debilidad actual de la oposición –un PLRA dividido entre caudillos con una facción comprada por el cartismo y una izquierda por el suelo– hace cuestionable replicar el ‘efecto Prieto’ en todo el país. Pero además de la cuestión coyuntural, hay cinco factores estructurales de fondo que merecen consideración.

En primer lugar, sería equivocado considerar que Honor Colorado es sinónimo con el Partido Colorado. Sin duda, Horacio Cartes, el actual presidente del partido, ejerce una influencia desmesurada en la gestión del partido, reflejo de su enorme riqueza y enfoque empresarial.

Pero HC está por cumplir 70 años y tarde o temprano dejará la escena política. Recuerdo que la caída de Stroessner en 1989 llevó a muchos opositores a predecir la rápida decadencia del Partido Colorado. La historia de la ‘democratización’ desde entonces ha demostrado la ingenuidad de esa creencia, que criticamos en el momento. Por el contrario, su control profundamente arraigado sobre el Estado se hizo aún más fuerte, dando origen al actual sistema de autocracia electoral. El número de seccionales a lo largo del país pasó de 236 en 1989 a 411 en 2023. Hoy en día, el partido ofrece becas universitarias y organiza ferias de empleo en colaboración con el sector privado. Actualmente se jacta de tener más de 3.300.000 afiliados en su padrón. Aun si en realidad tuviera un tercio, sería una cifra impresionante.

Esto nos lleva al segundo factor, las profundas raíces con que el Partido Colorado sigue penetrando la sociedad paraguaya desde antaño. Es el partido gobernante más antiguo de América Latina con un control casi ininterrumpido desde 1947 para un total de 71 de los últimos 76 años: El reinado más largo en América Latina, después de la caída del Partido Revolucionario Institucional de México en 2000. Su habilidad en ‘capturar’ el sentimiento nacionalista desde O’Leary y Natalicio González en adelante –por más falso que fuera en términos históricos– sigue de pie. Los absurdos videos del viceministro de Educación Fernando Griffith en 2014-2016 que proclamaba que a mediados del siglo diecinueve Paraguay era el país más próspero del mundo y los repetidos y rimbombantes anuncios del ‘resurgir de un gigante’ hecho por el actual presidente, Santiago Peña, demuestran la habilidad del coloradismo de seguir penetrando el ‘alma paraguaya’ con su discurso nacionalista.

En tercer lugar, hay que reconocer que gran parte de la estructura colorada, sobre todo a nivel de base –seccionales y autoridades municipales– no está plagada con esa venalidad endémica que caracteriza los representantes colorados en el congreso nacional. En pueblitos, compañías y barrios periféricos, el partido sigue cumpliendo una importante función de asistencia social y apoyo cultural a sectores de bajos ingresos. Aquí cabe mencionar un dato curioso. A pesar del auge de las ciencias sociales en las universidades, hay una casi total falta de estudios de fondo sobre el papel que cumple el Partido Colorado en la actualidad en la sociedad rural y periferia urbana.

En cuarto lugar, sería un craso error sacar la conclusión de que la durabilidad del Partido Colorado es simplemente producto de una cultura política tradicional en la que prevalecen los lazos afectivos. Esto es solo una parte de la ecuación. Paraguay ha experimentado enormes cambios económicos desde 1989 como consecuencia de la inmigración descontrolada de 300.000 brasiguayos. Estos mal llamados “colonos” han transformado la economía rural, catapultando a Paraguay a la posición del tercer mayor exportador mundial de soja y uno de los diez mayores exportadores de carne, además de creciente exportaciones de arroz, maíz y azúcar orgánico. Pero este gran aumento en la agroindustria no ha estado acompañado de importantes cambios sociales, debido a su mínimo engranaje con los demás sectores de la economía. En esta economía dual, el Estado desempeña un papel importante como amortiguador político. A cambio de la preservación de la enorme desigualdad de ingresos, riqueza y tierra, la élite económica y su socio menor, el Partido Colorado, siguen tolerando la corrupción endémica y la ineficiencia en un sector público sobredimensionado, una versión actualizada del “precio de la paz” de Stroessner. Se estima que el 85 por ciento de los 335.000 funcionarios públicos (excluyendo funcionarios municipales) del país están afiliados al Partido Colorado, al igual que el 70 por ciento de los funcionarios de la administración judicial. Esto representa un nivel de control partidista sobre el sector público desconocido en el resto de América Latina, con la excepción de Cuba. Este estricto control de la administración pública es crucial en épocas electorales, facilitando la movilización de punteros y miembros de mesa en cada rincón del país. A pesar de innumerables estudios del Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional y el Banco Interamericano de Desarrollo, ningún gobierno colorado desde 1989 ha intentado reformar la administración pública y su total conformidad con la dominación del sector agroindustrial dice montones. Al contrario, la reforma sigue siendo tabú. Este acuerdo tácito entre el liderazgo político del Partido Colorado y una poderosa élite económica asegura tanto la persistencia de una sociedad tremendamente desigual como la dominación política de un partido que defiende a ultranza el modelo extractivista.

Finalmente, hay que considerar el contexto internacional. Desde la guerra civil de 1947, pasando por la dictadura de Stroessner durante la Guerra Fría y hasta la actualidad, el gobierno de Estados Unidos siempre ha apostado por apoyar al Partido Colorado. Hoy en día la administración de Peña está intensificando esa proximidad con el gobierno de Donald Trump, liderado por dos fanáticos de extrema derecha – Gustavo Leite y Raúl Latorre. En este momento de la puesta en práctica de una renovada Doctrina de Monroe en que Estados Unidos está reordenando su política exterior para priorizar América Latina, el vínculo histórico entre el Partido Colorado y EEUU asume una importancia más fuerte que nunca. Aquí cabe mencionar el papel de los brasiguayos, económicamente poderosos y derechistas, seguidores en forma abrumadora a Jair Bolsonaro, quien fue condenado en setiembre pasado a 27 años de prisión por planear un golpe de Estado contra el presidente Lula da Silva. Podrían brindar un fuerte apoyo financiero al creciente movimiento antiglobalización liderado por Honor Colorado y respaldado por la Iglesia Católica y el movimiento evangélico en Paraguay.

En fin, el Partido Colorado sigue siendo un bastión del conservadurismo en América Latina. Su poder depende de una tradición seudonacionalista que fue hábilmente grabada en el cuerpo político del país. No es un partido programático, sino profundamente conservador, plagado de clientelismo y nepotismo. No hay ninguna presión interna discernible para reformarlo. En palabras de Pablo Herken (q.d.e.p.), “duele decirlo, pero hay que decirlo”. Con o sin Cartes, el Partido Colorado es una máquina política inmensamente poderosa. No hay que subestimarlo y para derrocarlo no será suficiente simplemente denunciar la corrupción imperante.

Fuente: Ultimahora.com