Por Lorena Soler
Stroessner es el hecho maldito de la historia política del siglo XX en Paraguay. Sobre su figura se montó el pacto democrático. Allí discurre una memoria colectiva hegemónica que asocia democracia con el fin del régimen stronista y la imposibilidad constitucional de la reelección presidencial como el reaseguro al autoritarismo, discusión a la cual Florencia Prego ya dedicó un libro.
La dictadura encabezada por Stroessner (1954-1989) es casi un tabú político y volver sobre ella es, posible, en términos de denuncia. Allí residen las corrientes intelectuales cuando hacen declaraciones públicas, al igual que los organismos de DDHH, las víctimas de las atrocidades cometidas, los militantes partidarios y todos aquellos que mayoritaria y saludablemente repudiamos todo orden que clausuró las libertades públicas, civiles, políticas y sociales, y sometió a la población a una lógica del miedo y el terror. Ahí están los ocho tomos de la Comisión de Verdad y Justicia, creada por Ley de la Nación N° 2225/03, aprobada en el Senado, en Diputados y promulgada bajo el gobierno de Nicanor Duarte Frutos, con la investigación de los hechos violatorios de los derechos humanos ocurridos en Paraguay desde 1954 hasta 2003.
Ahora bien, la tarea intelectual también nos obliga a desplegar ensayos que expliquen el stronismo en su mayor complejidad posible, a contrastar argumentos y a generar diálogos. Y los aniversarios (se acerca un nuevo 2 y 3 de febrero) son momentos propicios para visitar una y otra vez aquellos hechos fundantes, ampliar las interpretaciones e involucrar a nuevos actores al debate. La democracia, entonces, goza de buena salud.
Como ya se ha escrito en demasía, no existe la dominación total en ningún régimen político. Es decir, no hay evidencia teórica ni histórica acerca de que un orden político pueda legitimarse solo por la violencia física y que tenga capacidad de controlar todos los intersticios del mundo social. No hay sociología posible si pensamos que durante el stronismo no se producían momentos de movilización, politización y socialización cultural, y desestimamos la existencia de actores sociales (como la propia ANR, partidos, guerrillas, sindicatos, movimiento estudiantil, iglesia, entre otros) capaces de orientar las acciones más allá de la complacencia y del adormecimiento autoritario. Todo intento ilimitado de ejercicio del poder se ubica mucho más en el orden de la voluntad política que en el orden del efectivo ejercicio de la dominación. Por definición, todo ejercicio del poder encuentra obstáculos, mediaciones o restricciones. El stronismo podía haber fracasado, no era inevitable.
También es falaz pensar que un régimen político surge de un tubo de ensayo. Ni siquiera las derechas más excéntricas del presente. Explicar el stronismo, la primera experiencia política del siglo XX que consagró la dominación política, es decir, que impuso orden y estabilidad al país, requiere mirar algunos rasgos del pasado y poner la lupa en parte de la ingeniería política y económica de su andar.
En efecto, como una biblioteca de intelectuales de variados matices epistemológicos ha sostenido, el stronismo es resultado de la crisis del orden liberal que asoma en los años 1920, se inicia con la Guerra del Chaco (1932-1935), se manifiesta en la Revolución del 1936 y se cristaliza en la Constitución de 1940. Este periodo de inestabilidad política es clausurado, posteriormente, por la lenta pero efectiva construcción de un nuevo orden político, por la restitución del monopolio de la coacción (Weber) y de la decisión (Schmitt), en disputa con fracciones partidarias y de las Fuerzas Armadas. La estabilidad política alcanzada (solo hasta entonces lograda por Francia y los López), a través de la construcción de un nuevo tipo de legitimidad, no desconoció los mecanismos y argumentos proporcionados por la democracia liberal, como tampoco una relectura del pasado que impuso la eliminación de todo acontecimiento histórico entre las guerras y el nuevo orden.
A diferencia de lo que ha sostenido la literatura “especializada” surgida en la transición a la democracia, el stronismo no fue un orden político de excepción, como fueros otras experiencias dictatoriales del Cono Sur. En Paraguay, quienes tomaron el poder no quebraron un orden constitucional previamente existente ni el dictador romano salvo al Estado frente a las amenazas de disolución del orden. No llegaron al poder y se instalaron a condición de garantizar la perdurabilidad de un orden previo. Llevaron adelante un golpe de Estado (no para acabar con una dictadura como en 1989, tampoco para “garantizar la democracia” como los liberales y colorados lo hicieron contra Fernado Lugo) para instaurar un nuevo tipo de régimen político. Con una complejidad más: la dictadura stronista no cesa con las actividades institucionales propias de un Estado constitucional de derecho, sino que crea una nueva ingeniería institucional en la cual, con control y regulación de la viva política —es decir, la implementación del autoritarismo—, dota de vitalidad a muchas de las instituciones típicas de un orden social “democrático”, incluyendo, por ejemplo, a las actividades sindicales.
La dictadura encabezada por Stroessner (1954-1989) es casi un tabú político y volver sobre ella es, posible, en términos de denuncia. Allí residen las corrientes intelectuales cuando hacen declaraciones públicas, al igual que los organismos de DDHH, las víctimas de las atrocidades cometidas, los militantes partidarios y todos aquellos que mayoritaria y saludablemente repudiamos todo orden que clausuró las libertades públicas, civiles, políticas y sociales, y sometió a la población a una lógica del miedo y el terror.
Recordemos que el régimen stronista, en el contexto de la guerra fría, se inició con un golpe de Estado y fue legitimado mediante el llamado a elecciones, mecanismo que, junto con la vida parlamentaria, los partidos políticos —existentes y transformados—, la reforma constitucional de 1967, la ampliación del sufragio a las mujeres y la enmienda constitucional de 1977, se mantuvo en total por treinta y cinco años. Aquello que se ha denominado “la fachada democrática” habilitó a que Stroessner pudiera alegar que, por fin, Paraguay había logrado la estabilidad política mediante un régimen democrático. La legitimidad originada en las urnas fue reforzada con un discurso nacional sobre el fracaso de los mecanismos de la democracia liberal y un profundo anticomunismo, con índices inauditos de crecimiento económico y un proceso de transformación que trastocó todas las estructuras sociales. Pero a diferencia de las dictaduras institucionales de las Fuerzas Armadas —instauradas en los países vecinos un tiempo después—, en Paraguay, la estabilidad política mediante el mecanismo de la democracia electoral era la asignatura pendiente desde su consagración como estado independiente (1811).
El stronismo no vino a conservar, sino a generar el cambio político más importante del siglo XX. Si Paraguay no se puede explicar sin las guerras y sus consecuencias, tampoco puede entenderse sin la profundidad del cambió social generado. La construcción del régimen vino a brindar las condiciones para que, Guerra Fría y nuevos patrones de acumulación mediante, se pusieran en marcha un proceso de cambio a través de una modernización conservadora. Más que la visión estática de un orden centrado sobre el personalismo o analizado bajo la categoría “dictadura”, hay que indagar la idea de conflicto y cambio y cuestionar el imaginario político que ha triunfado como legítimo a la hora de analizar y entender el régimen político que se construye a partir de 1954, que recoge la inestabilidad y las crisis recurrentes que presenta la crisis del liberalismo en el mundo.
Las sociedades se apropian del pasado, lo conmemoran y lo recrean en función de sus necesidades. Los vocablos políticos están a disposición y su disputa por la interpretación del pasado recrean nuevos imaginarios, que deben coexistir con memorias superpuestas. Finalmente, es un gesto democratizador volver a colocar el poder y la voz en la política frente a la presencia determinante de actores económicos globales.
- Autora de “Paraguay. La larga invención del golpe” y de “Los oficios del sociólogo en Paraguay (1950-1980)”.
Fuente: Tereré Complice

