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Stroessner: Volver, que 37 años no son nada

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Por Luis Rojas Villagra

En rigor, Stroessner se fue del Paraguay en 1989, pero el stronismo se quedó, tanto en la política, como en la economía y la cultura. No contentos con ello, ahora tratan de traer al altar de los próceres de la patria al propio dictador. Por ello es bueno hacer memoria. El largo periodo de gobierno del Gral. Alfredo Stroessner, bajo la forma de dictadura militar (en consonancia con los Pinochet, Videla, Castelo Branco o Bordaberry de la región), duró casi 35 años, en los cuales las restricciones políticas, represión, persecución, tortura, asesinato y exilio fueron elementos centrales de su dinámica. Las violaciones de derechos humanos fueron una constante durante todo ese periodo, como se constata en los informes de la Comisión Verdad y Justicia publicados en el 2008. Todo esto es una dimensión innegable de dicho periodo, que trajo dolor y luto a miles de familias paraguayas, y una profunda fractura en la sociedad, que 37 años después no se puede superar.

El balance del stronismo en las dimensiones económica y social, también deja un resultado claramente negativo. Fueron tres décadas y media, equivalente a la suma de 7 periodos presidenciales de 5 años, donde el país, lejos de desarrollarse, profundizó o generó estructuras dependientes y excluyentes, más propias de países subdesarrollados. En ese mismo periodo de tiempo, varios países desarrollaron sus economías, como los asiáticos Corea de Sur, Singapur, Taiwán, Vietnam o la propia China; en América Latina, varios países generaron procesos al menos parciales de industrialización, a través del modelo de sustitución de importaciones, promovido académica y políticamente por la Cepal, como fueron los casos de Brasil, Argentina, Chile, Uruguay y México.

Paraguay, con un barniz superficial de modernidad dado por ciertas obras como las hidroeléctricas o los tractores para la mecanización, siguió otro camino, orientado principalmente a mantener el poder y el enriquecimiento del dictador, de sus colaboradores y cómplices, a un costo muy elevado, la continua represión interna y la sumisión externa a los intereses de los EEUU y el Brasil.

En un recuento rápido del desempeño socioeconómico del stronismo, se destacan los siguientes aspectos:

Modelo primario exportador: En lo estructural, la dictadura no modificó la economía, manteniendo y profundizando el modelo agroexportador, fundamentado en la propiedad concentrada de la tierra, y la producción de materias primas de origen agrícola, pecuario y forestal para el mercado internacional, como la soja y la carne. Con la agroexportación, más el contrabando y la triangulación comercial, se descartó el camino de un proceso de industrialización.

Mercado interno anémico: No se desarrolló el mercado interno, por la falta de industrialización, por la ausencia de inversión en la formación de la población, en capital humano, y en áreas de investigación o desarrollo tecnológico. Una alta informalidad y la baja productividad laboral fue otro resultado de dicho periodo. En consecuencia, el consumo interno tampoco se desarrolló significativamente, dada la baja remuneración o los bajos ingresos de la fuerza de trabajo. Además, el stronismo persiguió brutalmente a las organizaciones sindicales, como en la represión de 1958, con lo cual el sindicalismo no pudo ser un contrapeso que logre mejores condiciones laborales.

Estado clientelar: Dado que el modelo primario exportador no generó empleos de manera significativa, y el crecimiento poblacional generaba descontento y conflictividad social, durante el stronismo se amplió el tamaño del Estado para ir absorbiendo parte del excedente de fuerza de trabajo desempleada, en lógica clientelar: más funcionarios públicos para el sostén político de la dictadura, así como más proveedores y contratistas del Estado desde el sector privado (transporte, constructoras, importadoras, etc.). Este ensanchamiento del alcance estatal no se realizó con mayores impuestos, sino más bien con recursos provenientes de la deuda externa, las donaciones de otros países, el apoyo militar externo, la diferencia por el tipo de cambio, además de recursos provenientes de actividades irregulares o ilegales.

Obras públicas: Esta es la fachada modernizadora principal utilizada por los promotores del stronismo. La principal obra fue la construcción de la represa hidroeléctrica Itaipú con el Brasil. La misma no es una obra directamente atribuible a la dictadura paraguaya, fue principalmente promovida por la burguesía industrial brasileña, que requería energía para su expansión industrial, por lo que fue fuertemente impulsada por la dictadura del Brasil. El tratado firmado entre ambos países fue ampliamente beneficioso para el Brasil, y significó la renuncia del Paraguay a su soberanía energética: por el tratado firmado en 1973, la electricidad no utilizada por nuestro país debía ser cedida exclusivamente al Brasil, no a cambio del precio de mercado, sino de una reducida compensación. En esa lógica, entregamos cerca del 90% de nuestra energía al vecino país. Itaipú también se destacó por la corrupción generalizada en su construcción y gestión, y la formación de fortunas privadas de actores privilegiados, algunos conocidos posteriormente como los “barones de Itaipú”. El proyecto inicial de la represa presupuestó una inversión total de US$ 2.033 millones, sin embargo la obra terminó costando unos 20.000 millones, por la corrupción, sobrefacturaciones, desvío de fondos, etc., que fueron cargados mayormente como deudas de la binacional.

Con la otra represa, Yacyretá sucedió algo similar, su inversión inicial prevista fue de US$ 1.000 millones, pero terminó costando más de 10.000 millones. Su construcción se debió principalmente a la demanda creciente de la Argentina de energía para su desarrollo económico, y fue el principal beneficiario de la electricidad generada, cerca del 90%, a cambio de una compensación al Paraguay. Ambas represas alimentaron a las industrias del Brasil y la Argentina, siendo para Paraguay una fuente de dinero a partir de cesión de la electricidad como una materia prima más exportada.

Otras obras públicas del periodo tuvieron las mismas características, elevada corrupción en su construcción y gestión, licitaciones amañadas, baja calidad en las obras. Las sobrefacturaciones fueron una constante, siempre la inversión inicial prevista era ampliamente superada en la ejecución. Algunos ejemplos fueron el Aeropuerto de Asunción, pasó de US$ 17 millones previstos a 55 millones al finalizar; Acepar saltó de US$ 48 millones presupuestados a 358 millones; la planta en Vallemí de la INC pasó de US$ 148 millones a 400 millones; el Hospital Nacional de Itauguá trepó de los US$ 63 millones iniciales a 130 millones. Todas estas obras y otras, fueron financiadas mayormente con deuda pública, cargada sobre las espaldas de la población.

Corrupción sistémica: El stronismo “democratizó” la corrupción como una forma de garantizar su poder, generando deudas, lealtades y cómplices en diversos estamentos de la sociedad. Participaban tanto los gobernantes como los militares, funcionarios estatales, miembros del Poder Judicial, empresarios, contratistas, terratenientes, etc. Además de la represión, la corrupción fue el sello distintivo del stronismo. El historiador brasileño Chiavenato concluyó que la corrupción fue el alma de la dictadura, a la que definió como “grotesca pero eficaz” en la consecución de sus fines. El economista Juan Carlos Herken denominó “burguesía fraudulenta” a quienes hicieron su acumulación económica gracias a la dictadura, por medio de los recursos del Estado; la Conferencia Episcopal Paraguaya ya en 1979 alertó que “el ritmo creciente con que suceden hechos delictuosos, la impunidad que gozan sus autores (…) Es la destrucción del mismo hombre, al mismo tiempo la destrucción de la sociedad”.

Bajos impuestos y endeudamiento: La dictadura stronista, al no generar un modelo de desarrollo para el país, tampoco adecuó el sistema impositivo para generar las inversiones necesarias en salud, educación o infraestructuras. La presión tributaria que en 1950 era de alrededor de 9%, se mantuvo con escaso incremento hasta el final de la misma. Esto siempre fue una exigencia del sector agroexportador y terrateniente, pagar bajos impuestos a cambio de apoyo político. En contrapartida, el endeudamiento público se incrementó sostenidamente: Al inicio de la dictadura la misma era de US$ 10 millones, mientras que al finalizar llegaba a casi 2.500 millones. Esto no incluía las enormes deudas de las represas Itaipú y Yacyretá, que en conjunto sumaban unos US$ 10.000 millones, que se siguieron pagando por décadas.

Tierras malhabidas: El stronismo utilizó la bandera de la colonización rural para realizar un proceso de redistribución de tierras, supuestamente en favor del campesinado. Sin embargo, la mayor parte de las tierras distribuidas por el Instituto de Bienestar Rural (IBR) fueron asignadas a personas que no eran sujeto de la reforma agraria, entre ellos políticos, militares y empresarios, incluso extranjeros. Según el informe de la Comisión de Verdad y Justicia, desde 1954 a 1989 fueron entregadas ilegalmente más de 6 millones de hectáreas, conocidas como tierras malhabidas, las que no fueron recuperadas hasta la actualidad, por la complicidad del Estado y del Poder Judicial.

Destrucción ambiental: En este periodo avanzó aceleradamente la expansión de la frontera agropecuaria, principalmente para la soja y la ganadería, por lo cual la deforestación fue una constante, principalmente en los departamentos fronterizos con Brasil y Argentina: Alto Paraná, Canindeyú, Itapúa, además de Caaguazú. El Bosque Atlántico del Alto Paraná (BAAP) quedó reducido a áreas simbólicas. Con la deforestación, se alimentó el tráfico de rollos hacia el Brasil, se multiplicaron aserraderos y la exportación irregular de la riqueza forestal. La contaminación con agroquímicos tóxicos también creció notablemente desde los años setenta.

Herencia: En resumen, el stronismo dejó una pesada y negativa herencia al país.

  • Modelo agroexportador de materias primas sin industrialización.
  • Mercado interno anémico y baja productividad laboral.
  • Estado clientelar e instituciones débiles.
  • Sistema educativo y de salud de bajo presupuesto y pobres resultados.
  • Corrupción sistémica, como práctica y cultura socialmente aceptada.
  • Una élite enriquecida a través del Estado, los herederos de Stroessner, la burguesía fraudulenta, quienes gobiernan el país hasta la actualidad.
  • Obras públicas sobrefacturadas.
  • Elevado endeudamiento estatal.
  • Entrega de la soberanía energética y territorial.
  • Deforestación masiva de bosques en la Región Oriental.
  • 6 millones de hectáreas de tierras malhabidas, crisis del sector campesino e indígena.

Fuente: Correo Semanal. Diario Última Hora